Aquello de que ser grande es una virtud, tiene obligados matices, desde nuestro punto de vista.

Primero: una cosa es ser y otra sentir. Puedes ser un gigante y, sentirte o no, un gigante. Puedes sentirte gigante y aún estar peleando por serlo; o ser un gigante de los que pisotean.

Segundo: gigante no es sólo una cuestión de tamaño. Para nosotros, medir por el número de plantas de un edificio de oficinas, por la cantidad de cabezas pensantes en un despacho o por los kilos de autoridad desmedida, es un absurdo.

Ser un gigante es otra cosa.

Los grandes hacen cosas grandes (aunque sólo sea por proporción, ¿no?), pero los gigantes, a veces, las hacen desproporcionadas.

Es difícil trazar un trabajo fino y elegante cuando, efectivamente, se te abren todas las puertas a tu paso, pero los de producción tienen que romper los tabiques para que entres por ellas. Destacar es bueno, hacer ruido desagradable, no tanto.

La grandeza es liderar un equipo, más o menos numeroso (no importa), con mimo, empatía, con personalización. Es delegar en los que vienen detrás, darles alas, entender sin evasivas que las personas son lo más importante del trabajo. Es priorizar el concepto de equipo por encima de la organización a la que perteneces. Es salir del mar de tiburones para nadar en un lago donde,  no es excusa el pertenecer a un sitio grande y desorganizado,  para perder el concepto de equipo y el amor por tu trabajo.

Grandeza es ser pioneros, atreverse, aun con pocos recursos, con lo que nadie ha hecho. Romper las normas, ser capaces de crear nuevos modelos de trabajo, incluso habiéndote perdido algunos cursos de coaching en la capital… o tener un equipo tan unido y fácilmente gestionable que te permita conocer las necesidades de tu gente antes de que lleguen, si quiera, a expresarlas en voz alta.

Los gigantes deberían aprender algunas cosas de los pequeños, porque el tamaño se mide en actitud, en querer, en trabajo, y en alma, piel, creatividad y manos.

Aquello de que ser grande es una virtud, tiene obligados matices, desde nuestro punto de vista.

Primero: una cosa es ser y otra sentir. Puedes ser un gigante y, sentirte o no, un gigante. Puedes sentirte gigante y aún estar peleando por serlo; o ser un gigante de los que pisotean.

Segundo: gigante no es sólo una cuestión de tamaño. Para nosotros, medir por el número de plantas de un edificio de oficinas, por la cantidad de cabezas pensantes en un despacho o por los kilos de autoridad desmedida, es un absurdo.

Ser un gigante es otra cosa.

Los grandes hacen cosas grandes (aunque sólo sea por proporción, ¿no?), pero los gigantes, a veces, las hacen desproporcionadas.

Es difícil trazar un trabajo fino y elegante cuando, efectivamente, se te abren todas las puertas a tu paso, pero los de producción tienen que romper los tabiques para que entres por ellas. Destacar es bueno, hacer ruido desagradable, no tanto.

La grandeza es liderar un equipo, más o menos numeroso (no importa), con mimo, empatía, con personalización. Es delegar en los que vienen detrás, darles alas, entender sin evasivas que las personas son lo más importante del trabajo. Es priorizar el concepto de equipo por encima de la organización a la que perteneces. Es salir del mar de tiburones para nadar en un lago donde,  no es excusa el pertenecer a un sitio grande y desorganizado,  para perder el concepto de equipo y el amor por tu trabajo.

Grandeza es ser pioneros, atreverse, aun con pocos recursos, con lo que nadie ha hecho. Romper las normas, ser capaces de crear nuevos modelos de trabajo, incluso habiéndote perdido algunos cursos de coaching en la capital… o tener un equipo tan unido y fácilmente gestionable que te permita conocer las necesidades de tu gente antes de que lleguen, si quiera, a expresarlas en voz alta.

Los gigantes deberían aprender algunas cosas de los pequeños, porque el tamaño se mide en actitud, en querer, en trabajo, y en alma, piel, creatividad y manos.